Más allá del PIB: cómo medir el verdadero valor de la cultura

En mayo de 2026 Naciones Unidas presentó su nueva brújula para medir el progreso: 31 indicadores que complementan al PIB. Ninguno es cultural. No es un descuido ni una conspiración. Es el resultado previsible de dos décadas en las que el sector cultural se esforzó por entrar al PIB justo cuando el resto del mundo empezaba a buscar la salida.
Hace exactamente un año estaba yo participando en Barcelona de Mondiacult 2025, donde autoridades adoptaron un documento final que pide considerar la cultura como un objetivo independiente en el marco de desarrollo que suceda a la Agenda 2030. Lo hicieron sobre dos anclajes conceptuales: la cultura como derecho humano de toda persona a participar en la vida cultural, y la cultura como bien público mundial. Ese mismo día, la UNESCO lanzó dos piezas que pretendían darle sustento empírico a esa ambición: el primer Informe Mundial sobre Políticas Culturales, titulado sin ambigüedad Cultura: el ODS que falta, y el nuevo Marco de Estadísticas Culturales 2025, primera actualización del estándar internacional desde 2009.
Siete meses después, el 7 de mayo de 2026, el Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre "Más allá del PIB", convocado por el Secretario General en cumplimiento del mandato del Pacto para el Futuro, presentó a los Estados Miembros su informe final, Counting What Counts ("Contar lo que cuenta"). Es la primera propuesta de Naciones Unidas para establecer normas globales sobre cómo medir el progreso más allá de la producción económica. Propone un tablero de 31 indicadores organizados en cuatro componentes, ocho dominios de bienestar actual y cinco tipos de capital.
La cultura no aparece en ninguno de ellos.
En un post anterior sostuve que el debate sobre si la cultura necesita un ODS propio o funciona mejor como componente transversal era, en buena medida, un falso dilema, y que la pregunta relevante era qué mecanismo institucional convierte el reconocimiento retórico en derechos exigibles y presupuestos asignados. Este post es la continuación lógica de aquel argumento, porque la medición es precisamente uno de esos mecanismos. Lo que se mide entra en los presupuestos, en las evaluaciones de costo-beneficio, en los informes al Parlamento y en las clasificaciones de los organismos financieros. Lo que no se mide queda, en el mejor de los casos, en los preámbulos.
Mi tesis es la siguiente: la cultura no quedó fuera del nuevo tablero porque su valor sea inconmensurable, sino porque el sector llegó a la conversación sobre el bienestar con los argumentos de la conversación sobre el crecimiento. Durante veinte años invertimos capital político y técnico en demostrar cuánto aporta la cultura al PIB, y lo hicimos bien. Pero ese es, por definición, un argumento que vive dentro del PIB, y resulta irrelevante en una sala convocada para dejar de depender de él. La buena noticia es que el nuevo marco deja puertas entreabiertas, y que existen experiencias nacionales que muestran cómo atravesarlas. La mala es que la ventana para hacerlo es corta: el informe pide a los gobiernos establecer sus tableros nacionales en 2027.
1. Contexto: dos genealogías que casi nunca conversaron
La larga crítica al PIB
La desconfianza hacia el PIB como medida de progreso es casi tan antigua como el propio indicador. Simon Kuznets advirtió desde el principio que el bienestar de una nación difícilmente puede inferirse de su ingreso. En 2009, la Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi, convocada por el gobierno francés, argumentó que había llegado el momento de desplazar el énfasis desde la medición de la producción hacia la medición del bienestar de las personas, situado en un contexto de sostenibilidad. De allí surgieron la Iniciativa para una Vida Mejor de la OCDE, los indicadores de calidad de vida de Eurostat y una generación de marcos nacionales: el Marco de Estándares de Vida de Nueva Zelanda, el Benessere Equo e Sostenibile de Italia, el Marco de Calidad de Vida de Canadá, la Felicidad Nacional Bruta de Bután, el Buen Vivir ecuatoriano.
El Pacto para el Futuro, adoptado en septiembre de 2024, llevó esa acumulación al plano multilateral: su Acción 53 encomendó al Secretario General convocar a expertos para proponer un número limitado de indicadores universales que complementen y vayan más allá del PIB, y luego iniciar un proceso intergubernamental para acordarlos. El Grupo de Expertos, integrado por catorce especialistas y copresidido por Kaushik Basu y Nora Lustig, fue designado en mayo de 2025 y entregó su informe un año después. España y Guyana fueron nombrados cofacilitadores del proceso intergubernamental que ahora se abre.
Primera genealogía: contar la cultura dentro del PIB
En paralelo, el sector cultural recorría su propio camino estadístico, orientado casi por completo en la dirección contraria: demostrar que la cultura sí es economía. La UNESCO publicó marcos de estadísticas culturales en 1986 y 2009. En América Latina, bajo el impulso metodológico del Convenio Andrés Bello, varios países construyeron cuentas satélite de cultura, una extensión del Sistema de Cuentas Nacionales que aísla el valor agregado, el empleo y el comercio de las actividades culturales. Colombia, Argentina, Chile, Costa Rica y Uruguay estuvieron entre los primeros en publicar resultados, seguidos por países como Brasil, Ecuador, Perú y República Dominicana.
Esta fue una conquista real. Durante décadas, los ministerios de cultura se sentaron en las mesas de presupuesto sin un solo número que los respaldara, y las cuentas satélite les dieron una gramática que los ministerios de economía entendían. La narrativa de la economía creativa, en todas sus variantes regionales, se apoyó en esa gramática. El resultado más reciente de esta línea es la cifra que la UNESCO presentó en Barcelona: las industrias culturales y creativas representan el 3,39% del PIB mundial y el 3,55% del empleo total.
Segunda genealogía: contar la cultura en el bienestar
Existía, sin embargo, una segunda línea de trabajo, más dispersa y con menos anclaje institucional, que intentaba capturar lo que las cuentas satélite por diseño no ven: el efecto de la cultura sobre la vida de las personas y la cohesión de las comunidades.
En 2016, el Proyecto de Valor Cultural del Arts and Humanities Research Council británico , tres años y medio, 2,5 millones de libras y más de setenta investigaciones originale, propuso desplazar la atención desde los constructos de política pública hacia la experiencia vivida, y desde la medición de resultados hacia la comprensión del proceso de participación. En 2019, la Oficina Regional para Europa de la OMS publicó la revisión de alcance de Daisy Fancourt y Saoirse Finn, que sintetizó más de 900 publicaciones y más de 3.000 estudios sobre artes y salud, y que se convirtió en una referencia obligada de las políticas de artes y salud en todo el mundo. Ese mismo año, la UNESCO lanzó los Indicadores Temáticos de Cultura|2030, diseñados para medir la contribución transversal de la cultura a los ODS; desde 2021 los han implementado 14 países y 17 ciudades.
En el terreno de la política pública, tres experiencias merecen atención especial. La Ley de Bienestar de las Generaciones Futuras de Gales (2015) establece siete objetivos de bienestar con fuerza legal, uno de los cuales es "una Gales de cultura vibrante y lengua galesa próspera", y otorgó al bienestar cultural el mismo peso que al económico, social y ambiental. En 2021, el Departamento de Cultura del Reino Unido (DCMS) lanzó su programa de Capital Cultural y Patrimonial, que aplica la lógica de stocks y flujos de la economía ambiental a los activos culturales, en consonancia con las reglas de evaluación del Tesoro británico. Y ese mismo año, el Tesoro de Nueva Zelanda revisó su Marco de Estándares de Vida para reflejar mejor la cultura, incluyendo la cosmovisión maorí y del Pacífico, e incorporó un dominio específico de "capacidad cultural y pertenencia" entre sus doce dominios de bienestar.
El desencuentro
Las dos genealogías rara vez conversaron. La primera tenía institucionalidad estadística, oficinas nacionales de estadística, series, estándares internacionales, pero medía sólo transacciones de mercado. La segunda tenía riqueza conceptual y evidencia creciente, pero datos fragmentarios, no comparables y producidos casi siempre fuera de los sistemas estadísticos oficiales. El informe Más allá del PIB necesitaba exactamente el contenido de la segunda con la institucionalidad de la primera. Y eso es lo que el sector no tenía para ofrecer.
2. Desarrollo: qué dice, y qué calla, la nueva brújula
La arquitectura del tablero
El marco conceptual del Grupo de Expertos organiza el progreso en torno a un principio: bienestar equitativo, inclusivo y sostenible. Existe sobre tres principios fundacionales, paz, derechos humanos y respeto por el planeta, y se despliega en tres componentes: bienestar actual, equidad e inclusión, y sostenibilidad y resiliencia.
El bienestar actual se mide en ocho dominios: condiciones materiales y trabajo, salud, educación, seguridad, bienestar subjetivo, cohesión social, calidad de las instituciones y calidad ambiental. La sostenibilidad se mide a través de cinco capitales: producido, humano, social, institucional y natural. Cerca de la mitad de los 31 indicadores provienen directamente del marco de los ODS, una decisión deliberada para que los países puedan empezar de inmediato con los datos que ya tienen.
La cultura aparece una sola vez, y de manera tangencial: cuando el recuadro sobre principios fundacionales enumera los derechos humanos, incluye los derechos económicos, sociales y culturales. Pero los indicadores propuestos para ese principio miden discriminación y violencia de pareja. No hay indicador de participación cultural, ni de acceso, ni de diversidad, ni de patrimonio. No hay un capital cultural junto al natural. Y el dato es más llamativo si se observa la bibliografía: el Marco de Estándares de Vida neozelandés de 2021, el mismo que incluye "capacidad cultural y pertenencia" como dominio, figura entre las fuentes que el Grupo declara haber consultado. La dimensión cultural estuvo sobre la mesa y no pasó el filtro.
Tres razones de una ausencia
La primera es técnica. El Grupo seleccionó indicadores con metodologías acordadas internacionalmente, producidos con regularidad y con cobertura amplia de países y población. La cultura llega a ese examen con un solo indicador ODS explícito, el 11.4.1, gasto per cápita en patrimonio, con cobertura y periodicidad históricamente débiles, y con un ecosistema de encuestas de participación cultural que varía de país en país en definiciones, frecuencia y calidad. El propio informe mundial de la UNESCO lo reconoce a su manera: el 93% de los Estados que reportaron incluyen la cultura en sus planes nacionales de desarrollo sostenible, pero a menudo sin metas claras, indicadores ni mecanismos de implementación. Se nombra a la cultura en todas partes y se la mide en casi ninguna.
La segunda es conceptual, y es la más incómoda. El informe excluye deliberadamente del tablero a los "facilitadores", la gobernanza, la capacidad tecnológica, la investigación y la innovación, para limitarse a indicadores de resultado y maximizar la interpretabilidad. Ahora bien, desde las resoluciones de la Asamblea General de 2010, 2011 y 2013, el discurso oficial del sector ha descrito a la cultura precisamente como "facilitador e impulsor" del desarrollo sostenible. Construimos durante quince años una retórica que coloca a la cultura en la categoría exacta que el nuevo tablero decidió dejar afuera. Cuando uno se presenta como medio, no debería sorprenderse de que no lo cuenten como fin.
La tercera es estratégica. El argumento central del sector en la última década ha sido el peso económico: el porcentaje del PIB, los empleos, las exportaciones de servicios creativos. Es un argumento legítimo en la discusión presupuestaria ordinaria. Pero en una sala convocada para corregir la dependencia excesiva del PIB, decir que la cultura es importante porque aporta al PIB es un argumento que se refuta a sí mismo.
La puerta entreabierta
Sería un error leer el informe solo como una exclusión. Leído con atención, ofrece al menos cinco puntos de entrada.
El primero está en los propios dominios. El tablero mide la soledad (la proporción de personas que dicen haberse sentido solas buena parte del día anterior), la confianza interpersonal, la satisfacción con la vida y la proporción de jóvenes que no estudian, no trabajan ni se capacitan. Son exactamente las variables sobre las que la investigación en artes y salud ha acumulado más evidencia. La revisión de la OMS identificó que la interacción social que ocurre al participar en las artes es un factor clave en la reducción de la soledad y el aislamiento, particularmente en zonas rurales o desfavorecidas. La cultura no necesita un casillero propio para estar en el tablero; necesita demostrar que mueve los casilleros que ya existen.
El segundo está en las áreas de frontera. El informe reconoce que la salud mental no está bien capturada por los indicadores actuales y que la cohesión social es un fenómeno más matizado que la soledad, y pide a la comunidad estadística priorizar el desarrollo metodológico en esas áreas. Es una invitación explícita a proponer mejores indicadores.
El tercero está en la adaptación nacional. Las recomendaciones piden a los gobiernos establecer, para 2027, iniciativas nacionales de medición del progreso adaptadas a sus prioridades, y encargar a las oficinas nacionales de estadística planes para recolectar tanto los indicadores del tablero como sus posibles extensiones que reflejen preferencias nacionales. Cada país puede incorporar la dimensión cultural que el tablero global no incluyó.
El cuarto está en la arquitectura estadística que se propone crear: un grupo interinstitucional y de expertos bajo la Comisión de Estadística para revisar y refinar periódicamente el tablero, y un mecanismo conjunto para desarrollar directrices sobre contabilidad de capitales y riqueza integral. Son los espacios donde, en los próximos cinco a diez años, se decidirá qué cuenta como capital.
El quinto es político. El proceso intergubernamental está abierto y ha solicitado insumos de actores interesados para un documento de elementos. Y hay una coincidencia que no debería desaprovecharse: España, que organizó Mondiacult 2025, es cofacilitadora del proceso Más allá del PIB. Uruguay, por su parte, habló en nombre del G77 y China en la primera consulta informal. Los mismos Estados que firmaron en Barcelona el llamado a un objetivo independiente para la cultura están ahora sentados en la mesa donde se define cómo se medirá el progreso.
3. Seis confusiones que conviene desarmar
Confusión 1: "Medir el aporte de la cultura al PIB es medir su valor"
Las cuentas satélite miden transacciones de mercado: lo que se compra, se vende y se paga como salario. Son indispensables para la política industrial y para dimensionar el empleo del sector. Pero no miden el valor de la cultura; miden su precio. Y, como muestra el caso de Bogotá, el agregado puede esconder dinámicas opuestas en su interior. El valor de un coro comunitario, una biblioteca de barrio o una lengua indígena viva no aparece en ninguna cuenta satélite, y no por falta de rigor de la cuenta sino porque no es su objeto.
Confusión 2: "Ir más allá del PIB significa renunciar a los números"
Es frecuente en el sector una lectura romántica del giro "más allá del PIB", como si abriera la puerta a argumentos puramente cualitativos. El informe dice exactamente lo contrario: no propone abandonar el PIB sino complementarlo con más medición, más frecuente, más desagregada y mejor integrada a las decisiones presupuestarias. El ejemplo británico va aún más lejos y monetiza. El debate no es entre números y valores, sino sobre qué números, producidos por quién y utilizados dónde.
Confusión 3: "Si la cultura tuviera su propio indicador, el problema estaría resuelto"
Gales tiene objetivo legal, indicador nacional y una Comisionada independiente que lo supervisa, y aun así el bienestar cultural es el que los organismos públicos menos entienden y el primero que sufre con los recortes. El propio informe del Grupo de Expertos lo formula con precisión: capacidad estadística sin compromiso político produce datos que nadie usa, y compromiso político sin capacidad estadística produce retórica vacía. Esta es, en el terreno de la medición, la misma conclusión a la que llegamos en el debate sobre el ODS propio: el indicador importa menos que el mecanismo que lo conecta con el presupuesto.
Confusión 4: "La cultura es, sobre todo, un facilitador del desarrollo"
Es la confusión más arraigada porque fue, durante años, la estrategia más exitosa: presentar la cultura como medio para lograr los objetivos de otros (salud, educación, turismo, cohesión) permitió que entrara en conversaciones de las que estaba excluida. Pero el nuevo tablero solo mide resultados. Si la cultura quiere estar en él, tiene que presentarse también como resultado, la participación en la vida cultural como componente del bienestar y como derecho y como capital, el patrimonio material e inmaterial como stock cuya erosión compromete el bienestar futuro, con la misma lógica con la que se mide el capital natural. Instrumento y fin no son excluyentes, pero solo el fin tiene casillero propio.
Confusión 5: "El valor intrínseco de la cultura no puede medirse, y por lo tanto no debe medirse"
Hay una resistencia legítima en el sector a reducir la experiencia artística a una métrica. Pero conviene notar que el tablero ya incluye la satisfacción con la vida y la soledad, dos dimensiones tan subjetivas e íntimas como la experiencia estética. Si la estadística oficial acepta preguntarle a la gente cómo evalúa su vida, no hay razón metodológica para que no pueda preguntarle con qué frecuencia canta, lee, baila o visita un museo, y qué significa eso para ella. El Proyecto de Valor Cultural británico no concluyó que el valor fuera inmedible, sino que había que medirlo con diversidad metodológica y con prioridad a la experiencia. Renunciar a medir no protege el valor intrínseco: simplemente deja que otros decidan sin él.
Confusión 6: "Los promedios valen para todos"
Dos advertencias se esconden aquí. La primera es distributiva: el gasto público en cultura promedia 418,56 dólares por habitante en Europa y América del Norte, casi trece veces lo que invierte el resto del mundo en conjunto, y dentro de cada país la participación se concentra en los grupos con más educación e ingresos. Un indicador de participación promedio puede subir mientras las brechas se ensanchan. El tablero tiene un componente transversal de equidad; la cultura debería medirse siempre a través de él. La segunda es epistémica: buena parte de la evidencia sobre cultura y bienestar proviene de cohortes británicas, europeas y norteamericanas. Trasladarla sin más a Montevideo, Lagos o Jakarta es tan riesgoso como ignorarla. América Latina tiene una tradición propia de encuestas de consumo cultural y de cuentas satélite que podría ser la base de una agenda de investigación regional, si se la sostuviera en el tiempo.
4. Recomendaciones
Para trabajadoras y trabajadores de la cultura y la creatividad
Aprender el idioma del tablero. Cuando se formula un proyecto, se rinde cuentas a un financiador o se argumenta ante una autoridad, conviene describir los resultados también en los términos de los dominios que el sistema multilateral acaba de consagrar: soledad, confianza, satisfacción con la vida, jóvenes que no estudian ni trabajan. No se trata de abandonar el lenguaje propio, sino de hacerlo traducible.
Medir con preguntas compatibles. Las organizaciones culturales pueden incorporar en sus evaluaciones las mismas preguntas validadas que usan las encuestas nacionales e internacionales. Una compañía de teatro comunitario no puede producir estadística oficial, pero sí puede producir datos que un investigador o una oficina de estadística pueda agregar y comparar. El informe del Grupo de Expertos reconoce expresamente el valor de los datos generados por la ciudadanía.
Separar el núcleo del agregado. En la incidencia pública, dejar de presentar una sola cifra de "economía creativa" que mezcla software y publicidad con artes escénicas y patrimonio. Esa cifra sirve para impresionar, pero oculta la fragilidad de los segmentos que más dependen de la política cultural. Pedir que las cuentas satélite se publiquen desagregadas y citarlas así.
Documentar quién no participa. El argumento más poderoso en un marco centrado en la equidad no es cuánta gente asiste, sino quién queda afuera y por qué. Registrar el perfil de los públicos y de los no públicos es tan importante como contar entradas.
Construir alianzas fuera del sector. Con equipos de salud pública, con universidades que investigan bienestar, con las oficinas nacionales de estadística. La evidencia sobre artes y salud avanzó cuando epidemiólogos se interesaron por la cultura, no cuando la cultura habló sola.
Participar en el proceso intergubernamental. A través de las redes internacionales del sector, enviar insumos al documento de elementos del proceso Más allá del PIB. Si la voz de la cultura se limita a los espacios de la UNESCO, seguirá hablándole a los ya convencidos.
Para decisores de política pública
Incluir la cultura en los tableros nacionales de 2027. Aprovechar la recomendación del Grupo de Expertos de adaptar el tablero a prioridades nacionales para incorporar un dominio cultural, siguiendo el precedente neozelandés, o al menos un indicador de participación cultural desagregado por territorio, edad, ingreso y educación. El momento de hacerlo es ahora, mientras los ministerios de economía y las oficinas de estadística diseñan sus tableros, no después.
Institucionalizar un módulo de participación cultural en las encuestas de hogares. La principal debilidad de la cultura en este proceso es la falta de datos regulares y comparables. La solución no son encuestas culturales esporádicas encargadas por los ministerios de cultura, sino un módulo breve, estable y anual dentro de las encuestas continuas de hogares que ya producen los institutos nacionales de estadística, alineado con el Marco de Estadísticas Culturales 2025 de la UNESCO.
Proponer el capital cultural en la agenda de capitales. El tablero mide la sostenibilidad a través de cinco capitales y encarga a la comunidad estadística desarrollar directrices de contabilidad de riqueza integral en los próximos cinco a diez años. Los ministerios de cultura, junto con la UNESCO y el Instituto de Estadística de la UNESCO, deberían presentar una propuesta metodológica de capital cultural y patrimonial antes de que esas directrices se cierren sin él.
Conectar la medición con el presupuesto. Los marcos de bienestar que funcionan son los que están integrados en el ciclo presupuestario y en la evaluación de proyectos. Incluir los beneficios culturales en las guías nacionales de evaluación social de inversiones, y exigir que los proyectos de infraestructura, vivienda o renovación urbana estimen su impacto sobre el patrimonio y la participación cultural, del mismo modo en que se estima el impacto ambiental.
Sostener las series. La primera cuenta satélite de cultura del Uruguay abría con un capítulo que se titulaba, con lucidez, "De la foto a la serie: una tarea que debe continuar". Muchas cuentas satélite y encuestas de consumo cultural de la región se discontinuaron con los cambios de gobierno. Un indicador que se publica una vez es una anécdota; uno que se publica durante veinte años es política pública. La continuidad estadística debería blindarse por ley o por convenio con los institutos de estadística, no depender de la voluntad de cada gestión.
Articular los dos frentes multilaterales. El llamado a un objetivo cultural independiente y el proceso Más allá del PIB avanzan en carriles separados, con delegaciones distintas y lenguajes distintos. Los países que firmaron en Barcelona deberían llevar la misma posición a Nueva York. El espacio iberoamericano está particularmente bien situado para tender ese puente, y el G77, en el que la región tiene voz activa, puede exigir que las dimensiones de bienestar que importan a los países del Sur, entre ellas la cultural, no queden fuera del marco global.
medir para decidir, no para justificarse
El informe del Grupo de Expertos termina con una frase que el sector cultural haría bien en apropiarse: lo que medimos moldea lo que valoramos. Durante veinte años, la cultura midió para justificarse, para demostrar que merecía estar en la mesa del presupuesto porque también generaba riqueza. Fue necesario, y dejó capacidades valiosas. Pero la conversación global se está moviendo hacia otro lugar: hacia el bienestar, la equidad, la cohesión social y la sostenibilidad de los capitales que hacen posible una vida buena. En esa conversación, la cultura tiene más evidencia de la que cree y menos datos de los que necesita.
La ventana es concreta. Los tableros nacionales deben estar en marcha en 2027. Las Naciones Unidas planean publicar un informe anual de progreso a partir de ese mismo año. El proceso intergubernamental está recibiendo insumos ahora. Y hay un último frente, quizás el más consecuente, que el informe menciona casi al pasar: la recomendación de que las instituciones financieras internacionales incorporen medidas "más allá del PIB" en las clasificaciones de países, en la asignación de financiamiento concesional y en los análisis de sostenibilidad de la deuda. Allí es donde la ausencia de la cultura deja de ser un problema estadístico y pasa a ser un problema de recursos.




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