La paradoja de la vejez culturA: quienes dan vida a la cultura, ¿quién los cuida a ellos?
- Martin Inthamoussu

- 22 hours ago
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Existe una paradoja que el sector cultural rara vez se atreve a nombrar en voz alta: las mismas sociedades que diseñan programas culturales para mejorar el bienestar de sus adultos mayores son, con frecuencia, las mismas que han tolerado décadas de precariedad laboral para los trabajadores culturales que hoy llegan a esa edad sin pensión, sin seguro médico y sin red de protección alguna. El arte como política de cuidado convive, en silencio incómodo, con el abandono institucional de quienes produjeron este arte durante toda su vida. Este post no es sobre uno de esos temas. Es sobre los dos, y sobre la tensión estructural que los conecta.
envejecer en el sector cultural
El envejecimiento poblacional es uno de los fenómenos demográficos más significativos de nuestro tiempo. En América Latina, la proporción de personas mayores de 65 años crece sostenidamente, y los sistemas de protección social no han sabido adaptarse a la velocidad de ese cambio. Pero dentro de este panorama general hay un grupo que merece atención específica: las y los trabajadores culturales.
La estructura laboral del sector cultural es, en su mayoría, informal, intermitente y mal remunerada. En México, estudios sobre artistas visuales y escénicas documentan empleos con mínimas prestaciones sociales, contratos verbales y una multiactividad constante que combina producción artística propia con trabajos paralelos de subsistencia. En Ecuador, datos del Ministerio de Cultura y Patrimonio revelan que más del 40% de los artistas no tienen acceso a servicios médicos ni a una pensión de jubilación, producto directo de su inserción en la informalidad. En el contexto latinoamericano más amplio, investigaciones recientes señalan que el trabajo no remunerado o subpagado es una práctica normalizada, no excepcional, en el sector creativo independiente, y que esta condición contradice de raíz los principios de democracia cultural que la UNESCO lleva décadas sosteniendo.
Este no es un problema exclusivo del Sur Global, pero sí adquiere dimensiones más graves en contextos donde los sistemas pensionales tienen coberturas estructuralmente bajas. El Banco Mundial estima que sólo alrededor del 60% de los adultos mayores de 65 años en América Latina reciben alguna pensión a través de los sistemas contributivos tradicionales, con países como Honduras, Guatemala o Nicaragua donde esa cifra cae por debajo del 20%. Para los trabajadores culturales, cuya trayectoria laboral raramente genera cotizaciones estables y continuas, esa probabilidad se reduce todavía más.
El trabajador cultural ante la vejez: informalidad que se vuelve irreversible
La precariedad laboral tiene consecuencias distintas según el momento del ciclo de vida en que se experimenta. Para un artista joven, la informalidad puede vivirse como libertad creativa, como apuesta por la vocación sobre la seguridad. Para ese mismo artista a los 65 años, esa misma informalidad se ha convertido en una trampa sin salida.
La literatura especializada ha comenzado a nombrar este fenómeno como precariedad tardía: la convergencia, en la vejez, de trayectorias laborales inestables con el deterioro de la salud y la reducción de redes de apoyo. No se trata solo de no tener pensión; se trata de que los mecanismos para construirla ya no están disponibles, y de que la capacidad física para sostener la multiactividad que antes permitía sobrevivir se ha erosionado.
Para los trabajadores culturales, este proceso tiene además una dimensión de invisibilidad institucional particularmente cruel. El sector que produce identidad, memoria colectiva y cohesión social no cuenta, en la mayoría de los países de la región, con marcos laborales que reconozcan su especificidad. La OIT ha documentado que algunos países (España, Portugal, Polonia) han desarrollado regímenes especiales o jubilaciones anticipadas para categorías como bailarines clásicos o artistas en general. En América Latina, esos marcos son excepción, no norma. España, de hecho, reconoció en 2019 la compatibilidad entre la pensión de jubilación y la actividad de creación artística, un paso que en la región sigue siendo una deuda pendiente.
Lo que emerge de este cuadro es una paradoja de fondo: la cultura es reconocida como bien público, como derecho, como vector de desarrollo. Pero los derechos laborales de quienes la producen siguen tratándose como asunto privado, como consecuencia aceptada de haber elegido una "vocación" en lugar de una "profesión".
El arte como política de bienestar para adultos mayores: evidencia creciente, arquitectura institucional débil
Mientras los trabajadores culturales envejecen sin red, en los ministerios de salud pública y en los centros de gerontología del mundo se acumula evidencia sobre algo que cualquier artista sabe intuitivamente: el arte mejora la vida de las personas mayores.
La investigación en este campo, conocido internacionalmente como creative aging o envejecimiento creativo, ha dado saltos importantes en la última década. Un estudio de referencia del Dr. Gene Cohen y sus colaboradores, financiado por el National Endowment for the Arts de Estados Unidos, demostró que adultos mayores participantes en programas artísticos semanales tenían mejor salud física, menos visitas médicas y mejor salud mental que quienes no participaban. Investigaciones posteriores han documentado reducción en síntomas de depresión y ansiedad, mejora en función cognitiva y memoria, mayor satisfacción vital y fortalecimiento de vínculos sociales. La Organización Mundial de la Salud ha reconocido explícitamente la importancia del arte, la música y la cultura en la promoción de la salud y el bienestar en la vejez.
Una revisión sistemática publicada en BMC Public Health en 2023 encontró que cinco de seis estudios sobre intervenciones artísticas en adultos mayores reportaron un retorno positivo sobre la inversión (medido con SROI), con cifras que oscilan entre £1.20 y más de £8 por cada £1 gastado. El dato es relevante porque habla el idioma de los tomadores de decisiones: el arte en la vejez no sólo es deseable éticamente, sino que puede ser eficiente presupuestalmente.
El campo del creative aging está ganando tracción también en el plano de política pública. En Estados Unidos, la organización Lifetime Arts publicó en 2026 un policy brief que llama a incorporar el envejecimiento creativo en los planes nacionales y estatales de salud, argumentando que el arte es un componente tan esencial del envejecimiento saludable como el ejercicio o la dieta. Ese tipo de posicionamiento, que articula evidencia clínica, argumento de derechos y racionalidad presupuestal, es exactamente el que falta en la región.
La paradoja en su núcleo: el sistema que cuida con arte no cuida a quienes hacen el arte
Llegamos aquí al punto más incómodo del análisis. Los programas de arte para adultos mayores requieren, para funcionar, de trabajadores culturales: talleristas, artistas, facilitadores, gestores. Muchos de ellos son los mismos trabajadores que han pasado décadas en la informalidad, sin cotizaciones, sin seguridad social. Cuando una organización los contrata para "llevar el arte a los abuelos", a menudo lo hace bajo las mismas condiciones precarias de siempre: honorario por evento, sin contrato de largo plazo, sin prestaciones.
La paradoja no es abstracta. Es concreta, cotidiana y estructural: el sistema que reconoce el arte como herramienta de bienestar para los mayores, reproduce simultáneamente las condiciones que condenan a los artistas a llegar a esa misma edad sin bienestar propio.
Resolver esta contradicción requiere que los dos lados del problema se vean como parte del mismo sistema, no como políticas sectoriales separadas. La política cultural no puede seguir siendo solo política de oferta (producción, difusión, formación) sin ser también política de trabajo digno. Y la política de salud y cuidado de adultos mayores no puede incorporar el arte como recurso terapéutico sin preguntar, al mismo tiempo, en qué condiciones trabajan quienes lo llevan.
Tensiones y confusiones frecuentes
"El problema de los artistas es que eligieron una carrera inestable." Este argumento naturaliza una condición que es, en realidad, una falla de diseño institucional. La informalidad en el sector cultural no es resultado inevitable de la naturaleza del trabajo creativo; es resultado de marcos regulatorios que no reconocen la especificidad de ese trabajo. Donde existen marcos adecuados, la intermitencia laboral puede coexistir con cobertura de seguridad social.
"Los programas de arte para adultos mayores son actividades recreativas, no política pública." Esta confusión tiene costos reales: reduce el financiamiento disponible, ubica las iniciativas en la periferia de los presupuestos y las hace vulnerables a cualquier ajuste fiscal. La evidencia acumulada indica que las intervenciones artísticas bien diseñadas tienen impactos medibles en salud mental, función cognitiva y reducción de uso de servicios médicos. Tratarlas como "terapia de entretenimiento" es un error de categoría.
"Primero resolvamos las pensiones básicas, luego hablamos de cultura." Esta lógica secuencial parece razonable pero aplaza indefinidamente lo que debería ser simultáneo. Los sistemas de protección social para trabajadores culturales no compiten con las pensiones básicas: son un problema diferente que requiere soluciones de diseño específico, no esperar a que el sistema general se "arregle".
Recomendaciones para trabajadores de la cultura
Documentar la trayectoria laboral con sistematicidad. En contextos de informalidad, la ausencia de registros formales borra décadas de trabajo. Guardar contratos, honorarios, certificaciones, publicaciones y cualquier evidencia de actividad profesional es una forma de construir un archivo que puede tener valor ante eventuales reclamos o acceso a programas de protección.
Organizarse colectivamente y en diálogo con los sistemas de seguridad social. Las organizaciones gremiales de artistas en Uruguay, Argentina, Brasil y México han logrado visibilidad ante instituciones que de otra manera ignorarían el problema. La negociación colectiva y la incidencia política son más efectivas cuando parten de datos propios sobre las condiciones del sector.
Incorporar la protección social como parte de la negociación de proyectos. Cuando un taller, residencia o producción se financia con fondos públicos o de cooperación, es posible incluir en el presupuesto contribuciones a la seguridad social. Normalizar esta práctica desde dentro del sector es un paso concreto.
Construir redes de cuidado mutuo. Fondos colectivos de emergencia, redes de apoyo entre colegas, acuerdos de reciprocidad: en muchos contextos, la solidaridad entre trabajadores culturales ha funcionado como sustituto parcial de la protección institucional ausente. Fortalecer esas redes tiene valor mientras llegan los marcos formales.
Recomendaciones para decisores de política pública
Reconocer la especificidad del trabajo cultural en los marcos de seguridad social. Los sistemas contributivos estándar no capturan la realidad de trabajadores con ingresos intermitentes, proyectos de corta duración y múltiples empleadores simultáneos. Se necesitan mecanismos de cotización adaptados: tramos flexibles, acumulación por proyecto, fondos sectoriales.
Integrar el creative aging en los planes nacionales de salud y cuidado. El arte para adultos mayores no debería depender exclusivamente de presupuestos culturales. La evidencia sobre su impacto en salud justifica su incorporación en agendas de salud pública, sistemas de cuidado de largo plazo y planes de envejecimiento activo. Esto implica también generar datos locales: América Latina necesita sus propios estudios de costo-efectividad de estas intervenciones.
Romper la compartimentación entre política cultural y política social. La paradoja descrita en este post existe, en parte, porque los ministerios de cultura y los de trabajo o seguridad social raramente dialogan. Crear instancias de articulación intersectorial es una condición mínima para comenzar a resolver el problema de forma estructural.
Financiar programas de arte para adultos mayores con condiciones laborales dignas para los artistas que los implementan. Cualquier programa público que contrate artistas para trabajar con adultos mayores debería exigir, como condición de financiamiento, que esas contrataciones incluyan cobertura de seguridad social. La coherencia entre el objetivo del programa (bienestar de los mayores) y las condiciones de quienes lo implementan no es un lujo: es un requisito de credibilidad.
El cuidado que no puede ser unidireccional
El envejecimiento es universal. Y el arte, como ha documentado la ciencia y sabido la humanidad desde siempre, es una de las formas más poderosas de sostener la vida con sentido.
Pero una política cultural que usa el arte para cuidar a los mayores sin cuidar a quienes hacen el arte está construida sobre una contradicción que, tarde o temprano, la debilita. Los trabajadores culturales que hoy no tienen pensión son los mismos que mañana podrían necesitar esos programas de bienestar que el Estado diseña para otros. Y los artistas que hoy dan talleres en centros de día son los mismos que en veinte años estarán del otro lado de la mesa, esperando que alguien los recuerde.
El cuidado, para ser justo, tiene que ser recíproco. Y la política pública que no ve esa reciprocidad no solo es moralmente inconsistente: también es ineficiente.



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