top of page

Del estadio al barrio: cuando la inversión deportiva se vuelve infraestructura cultural


Estadio de fútbol como infraestructura multifuncional
El estadio como infraestructura multifuncional

una pelota que mueve hormigón


Mientras el Mundial 2026 se disputa por primera vez en tres países (Estados Unidos, Canadá y México), con 48 selecciones, 104 partidos y 16 sedes, conviene mirar lo que queda debajo del espectáculo: la infraestructura. Y este Mundial trae una novedad poco comentada. Es, prácticamente, el primer Mundial sin estadios nuevos construidos desde cero: los 16 recintos son sedes existentes de la NFL, la MLS o la Liga MX que fueron renovadas, no levantadas. El Azteca abre el torneo (su tercer Mundial) y el MetLife de Nueva Jersey alberga la final.


Ese giro no es casual. Es la respuesta a una historia de fracasos costosos que la literatura sobre megaeventos lleva dos décadas documentando, y abre una pregunta que a quienes trabajamos en cultura nos interpela de lleno: ¿qué pasa con todo ese hormigón, ese acero y esos servicios cuando el evento termina? ¿Puede una tribuna techada convertirse en un escenario? ¿Puede un centro de prensa transformarse en un museo? ¿Puede un estadio dejar de ser un monumento que se usa quince tardes al año para volverse infraestructura cotidiana de la vida cultural de un barrio?


La pregunta tiene anclaje local inmediato. En junio de 2026, en pleno receso mundialista, River Plate avanzaba con la obra de ampliación y techado del Estadio Monumental: una inversión récord de USD 145.085.227 más IVA, que llevará su capacidad de 85.018 a 101.000 espectadores hacia mediados de 2029. Lo interesante, para esta discusión, no es el aforo. Es que el club describe explícitamente el proyecto como multipropósito: una cubierta metálica acústica pensada para reducir el impacto sonoro en noches de recitales, una membrana traslúcida para mantener el césped, un patio gastronómico, un mirador panorámico al estilo del estadio del Tottenham y el compromiso de destinar al menos el 25 % de los ingresos adicionales a un Fondo de Reinversión Social, con becas e infraestructura social y deportiva. El financiamiento, además, llega de organismos multilaterales de desarrollo (BID y CAF), no del fútbol puro.


Es decir: hasta un club privado, financiando con crédito de desarrollo, hoy justifica la obra invocando uso cultural ampliado y retorno social. Esa es la conversación. Y como casi siempre en política cultural, conviene mirarla con la evidencia internacional en la mano antes de entusiasmarse.


La advertencia de los "elefantes blancos"


La expresión elefante blanco, un bien tan costoso de mantener como inútil, se volvió sinónimo de la herencia de muchos megaeventos. Los números son elocuentes:


  • Sudáfrica 2010 gastó alrededor de USD 1.100 millones en diez estadios, varios de ellos nuevos, que después quedaron subutilizados. El Cape Town Stadium, con su vista espectacular a Table Mountain, llegó a costarle al fisco unos USD 3,5 millones por año, y solo morigeró el problema compartiéndose con el equipo de rugby local.

  • Brasil 2014 invirtió cerca de USD 3.600–4.000 millones en doce sedes. Cuatro ciudades —Manaus, Cuiabá, Natal y Brasília— ni siquiera tenían clubes de primera línea. El Mané Garrincha de Brasília, de unos USD 550 millones, llegó a albergar un partido con apenas 400 espectadores. La Arena Pernambuco, de 46.000 butacas, quedó en una ciudad sin equipo que la llenara. El World Stadium Index de Play the Game y el Danish Institute for Sports Studies había anticipado el problema: las doce sedes brasileñas proyectaban ocupaciones por debajo del promedio, y solo la Arena Corinthians superaría el 50 %.

  • Rusia 2018 desembolsó más de USD 10.000 millones; varias de sus doce sedes quedaron con uso marginal.

  • Y conviene recordar que esto no es nuevo ni exclusivo del fútbol: el Estadio Olímpico de Montreal 1976 tardó cerca de tres décadas en terminar de pagarse.


Un informe de Engineers Against Poverty sobre la rendición de cuentas en infraestructura de megaeventos sintetizó el patrón con crudeza: cuando falta accountability, lo que queda es una herencia de activos varados (stranded assets) que complican la planificación urbana futura y drenan recursos públicos durante años.


La lección no es "no inviertan". Es que la infraestructura deportiva, dejada a su suerte, no genera valor cultural ni comunitario por sí sola. Sin un plan de uso posterior pensado desde el día uno, el estadio más imponente es una factura de mantenimiento esperando un destinatario.


Cuando lo deportivo deviene cultural


Frente a esa galería de fracasos, hay casos que muestran el camino contrario: ciudades que usaron el evento como palanca para construir, sobre todo, infraestructura cultural y urbana duradera.


Barcelona 1992: el patrón de referencia


Barcelona es, todavía hoy, el caso de estudio por excelencia. La ciudad no organizó unos Juegos: los usó para reescribirse. La inversión olímpica incluyó la apertura de la ciudad al mar, cinco kilómetros de playas nuevas, la reconversión del industrial Poblenou, que más tarde devino el distrito de innovación, y nuevos equipamientos culturales. Hubo, además, una Olimpiada Cultural de cuatro años que revitalizó el tejido artístico antes incluso de que rodara la pelota. El resultado: las quince sedes construidas para los Juegos siguen en uso, y el llamado "modelo Barcelona" fue tan influyente que la ciudad recibió un premio inédito del Royal Institute of British Architects. El alcalde Pasqual Maragall lo resumió en una idea que vale como brújula: no estaban organizando unos Juegos, estaban usándolos para transformar la ciudad.


Londres 2012: del parque olímpico al distrito cultural


Si Barcelona es el modelo urbano, Londres 2012 es el mejor ejemplo contemporáneo de legado deliberadamente cultural. El antiguo Parque Olímpico, hoy Queen Elizabeth Olympic Park, alberga el East Bank: un distrito de cultura y educación de unos £1.100 millones que reúne, en el este históricamente postergado de la ciudad, a instituciones de primer orden. Allí abrieron o se mudaron el V&A East (museo inaugurado en la primavera de 2026), el V&A East Storehouse, montado, de manera reveladora, dentro del antiguo Centro Internacional de Prensa del torneo, el Sadler's Wells East de danza, los estudios de música de la BBC, el campus UCL East y el London College of Fashion. El proyecto, bautizado en su origen "Olympicopolis" en guiño al "Albertopolis" victoriano de South Kensington, convirtió instalaciones efímeras de un mes de deporte en infraestructura cultural permanente para décadas. La Villa Olímpica, en paralelo, se reconvirtió en vivienda.


Reconversiones puntuales y el dato grande


El patrón se repite en escala menor. En Sarajevo, el complejo Zetra, devastado por la guerra, fue reconstruido como centro multipropósito que combina deporte, comunidad y eventos. Y el dato macro corrige la imagen pesimista que dejan las fotos de estadios vacíos: según el informe del Comité Olímpico Internacional que releva más de 125 años de sedes (982 recintos en 53 ediciones), el 86 % de las sedes permanentes sigue en uso. Los elefantes blancos existen, pero son la excepción ruidosa, no la regla.


El modelo 2026: renovar en vez de construir


Esto nos devuelve al presente. El enfoque de Estados Unidos, Canadá y México marca un cambio de paradigma: en lugar de construir, renovar lo existente. Sedes que ya tienen equipos inquilinos y calendarios cargados, pensadas para alojar de todo durante todo el año. París 2024 ya había ensayado algo parecido con su "modelo de patrimonio circular", reutilizando cerca del 95 % de sus sedes. El argumento ya no es solo económico: demoler y reconstruir desperdicia el carbono incorporado en estructuras existentes, de modo que conservar y readaptar es también la opción más sostenible.


El hilo conductor de todos los casos exitosos es el mismo: el uso posterior no se improvisa; se diseña desde el principio, y casi siempre la cultura es el ingrediente que sostiene la vida cotidiana del lugar cuando el deporte no alcanza para llenarlo.


El giro conceptual: del estadio-monumento al estadio-infraestructura cultural


Un estadio diseñado solo para el fútbol de elite es, por definición, un edificio infrautilizado: se usa unas pocas decenas de veces al año y permanece cerrado el resto. Un estadio pensado como infraestructura cultural y comunitaria es otra cosa: un equipamiento que ofrece a su entorno lo que la teoría urbana llama "terceros lugares", esos espacios de encuentro que no son ni la casa ni el trabajo y donde se teje la vida pública. Recitales, ferias, residencias artísticas, talleres, archivos, espacios formativos, gastronomía, paseos.


No es casual que el propio Monumental se venda hoy por su cubierta acústica para recitales y su patio gastronómico, ni que los estadios del Mundial 2026 se presenten como recintos para conciertos y eventos comunitarios. La industria entendió que la rentabilidad y la relevancia de largo plazo de estas obras dependen de su capacidad de albergar cultura, no solo deporte. La pregunta de política pública es si ese uso cultural será un subproducto comercial o una infraestructura genuinamente comunitaria, con acceso, programación y gobernanza pensados para el territorio. Esa diferencia lo es todo.



El reverso político: del sportswashing al artwashing


Hasta acá discutimos el legado físico. Pero la inversión en megaeventos tiene una dimensión política que ninguna mirada cultural seria puede esquivar: el sportswashing.


El término, cruza de sport y whitewash, se acuñó en 2015, cuando Azerbaiyán usó los primeros Juegos Europeos de Bakú para desviar la atención internacional de su represión a periodistas y activistas. Designa la práctica por la cual un Estado, una corporación o un individuo emplea el deporte para lavar una reputación manchada: distraer, minimizar o normalizar una violación moral de la que es responsable. La lista de casos es larga y conocida: la Berlín de 1936 como propaganda nazi; Rusia con Sochi 2014 y el Mundial 2018; Qatar 2022, donde detrás de los estadios nuevos, el aeropuerto y los hoteles de lujo trabajaron decenas de miles de obreros migrantes en condiciones denunciadas por organizaciones de derechos humanos; y Arabia Saudita, que combina la compra de clubes (Newcastle United), el golf y la sede del Mundial 2034.


Para un lector argentino, el caso fundacional está en casa: el Mundial 1978, organizado por la dictadura militar mientras desaparecía personas a pocos kilómetros de las canchas. La investigación reciente muestra incluso que la junta intensificó la represión antes del torneo, para evitar publicidad negativa durante el evento. El deporte como cortina.


¿Qué tiene que ver esto con la infraestructura cultural? Todo. Porque la cultura tiene su propia versión del fenómeno: el artwashing. Acuñado por analogía con el greenwashing, describe el uso del arte y la cultura para dar un barniz de responsabilidad social y compromiso comunitario a operaciones que, por debajo, son de acumulación inmobiliaria, desplazamiento o lavado de imagen corporativa. El desarrollador que encarga murales alrededor de una obra en disputa, la marca de lujo que patrocina una bienal para tapar controversias laborales o ambientales, la ciudad que financia un festival de arte urbano en un barrio en plena gentrificación: todos usan la cultura como "detergente regenerador", en una imagen tan cruda como precisa de la literatura crítica. Casos como el de Wynwood en Miami, un distrito de galpones convertido en galería a cielo abierto y, en el mismo movimiento, en zona de alquileres impagables, muestran el mecanismo en acción.


Acá se cierra el círculo, y es incómodo. La misma reconversión de infraestructura deportiva en infraestructura cultural que este post defiende puede ser, mal usada, un vehículo de doble lavado: el estadio o el distrito cultural que "humaniza" un megaevento cuestionable y, a la vez, valoriza el suelo y expulsa a los vecinos que decía beneficiar. East Bank y Barcelona son casos virtuosos, pero la línea entre regeneración inclusiva y artwashing es delgada, y depende de quién decide, quién accede y quién se queda afuera. Para los trabajadores de la cultura el dilema es concreto: el riesgo de ser instrumentalizados como "pioneros" que vuelven deseable un barrio para después ser expulsados de él junto con la comunidad que ayudaron a hacer visible.


No se trata de rechazar la inversión, sino de mirarla con los ojos abiertos: preguntar siempre qué se está lavando con la cultura, y a costa de quién.


Recomendaciones la creatividad y la cultura


Para quienes hacen, gestionan y militan la cultura, el momento previo y posterior a un megaevento deportivo es una ventana de inversión y atención. Algunas líneas de acción:


  1. Sentarse a la mesa de planificación antes de la obra, no después. Los casos exitosos (East Bank, Barcelona) tuvieron a la cultura en el masterplan desde el día uno. El destino de un centro de prensa o una villa se decide cuando se dibuja el plano, no cuando se apaga el último reflector.


  1. Reclamar el "uso posterior" como cláusula, no como promesa. Pedir que los proyectos incluyan, por escrito, programa cultural, presupuesto de operación y gobernanza para la etapa post-evento. Una obra sin plan de uso es un elefante blanco en gestación.


  1. Pensar en clave de readaptación. Los espacios menos obvios suelen ser los más fértiles para la cultura, como mostró el V&A Storehouse montado dentro del viejo centro de prensa de Londres. Hay que aprender a mirar la infraestructura "auxiliar".


  1. Disputar el acceso, no solo el espacio. Conseguir el escenario no alcanza si la entrada es inalcanzable. Vale exigir programación gratuita o subsidiada, cupos comunitarios, residencias y formación, para que la reconversión sea democratizadora y no solo rentable.


  1. Documentar y medir. Llevar registro del uso cultural, los públicos y los impactos. La evidencia es la que sostiene la próxima ronda de financiamiento y la que defiende el espacio cuando llegue la presión inmobiliaria.


  1. Construir coaliciones locales. El legado se juega en el territorio. Alianzas con vecinos, escuelas, clubes y organizaciones culturales de proximidad son lo que convierte un edificio en infraestructura viva.


  1. Saber cuándo se es "detergente". Antes de aceptar un encargo en una gran obra, preguntarse quién la financia, qué imagen busca lavar y a costa de quién. La literatura sobre artwashing muestra que los artistas pueden ser usados como punta de lanza de la gentrificación. No se trata de negarse por principio, sino de negociar desde esa conciencia en lugar de desde la ingenuidad.


Recomendaciones para decisores de política pública


Para quienes diseñan y deciden, la oportunidad es enorme y el riesgo, también. La diferencia entre Barcelona y Brasília no fue la plata: fue el plan.


  1. Exigir un plan de uso posterior (legacy plan) vinculante desde el inicio, con destino cultural y comunitario explícito, presupuesto de operación, modelo de gobernanza y metas de acceso. Sin eso, no autorizar la obra.


  1. Priorizar la readaptación sobre la construcción nueva. Renovar lo existente ahorra dinero, reduce emisiones y baja el riesgo de subutilización. Construir nuevo solo ante una necesidad comunitaria clara y sostenida.


  1. Diseñar contra la gentrificación. Acompañar la regeneración con políticas de vivienda asequible, control de precios y participación vecinal. La regeneración por evento desplaza si no se la gobierna; el caso de la Villa Olímpica de Londres reconvertida en vivienda muestra que se puede orientar el legado hacia la equidad.


  1. Capturar y reinvertir el valor. El compromiso del Monumental de volcar al menos el 25 % de los ingresos incrementales a un fondo social es, conceptualmente, el camino correcto: mecanismos que reinviertan parte de la renta de la obra en becas, cultura e infraestructura comunitaria. Conviene exigir cláusulas de captura de valor en cualquier obra con apoyo o crédito público.


  1. Aprovechar el financiamiento de desarrollo con condicionalidad cultural. Que clubes y ciudades accedan a crédito multilateral (BID, CAF) abre una palanca: atar esos créditos a compromisos verificables de uso cultural y social, no solo a la viabilidad financiera del recinto.


  1. Pensar en red y en proximidad. El legado es local. Distribuir equipamiento, conectar la gran obra con la trama cultural de los barrios y evitar el monumento aislado es lo que hace que la inversión rinda socialmente.


  1. Rendir cuentas. Transparencia en costos, ocupación y mantenimiento. El informe de Engineers Against Poverty es claro: la falta de accountability es la madre del elefante blanco.


  1. Hacer de los derechos una condición, no un eslogan. Transparencia sobre las condiciones laborales de la construcción, el respeto a los derechos humanos y el destino real de la obra. El sportswashing prospera donde el deporte y la cultura sirven para tapar; una política pública seria usa la inversión para abrir puertas y rendir cuentas, no para blanquear. Lo mismo vale para el artwashing: si se convoca a la cultura a "humanizar" una obra, que sea con acceso genuino y protección de las comunidades existentes, no como maquillaje.


Cierre


El Mundial 2026 nos recuerda que cada gran inversión deportiva es, en realidad, una decisión de política cultural disfrazada de obra de ingeniería. El hormigón es el mismo en Brasília y en Barcelona; lo que cambia es si alguien pensó, antes de verterlo, qué vida iba a albergar después del último partido. La buena noticia es que el problema está estudiado, los modelos exitosos están a la vista y, como muestra hasta el techado del Monumental, la idea de que un estadio puede y debe ser también infraestructura cultural ya dejó de ser una rareza.


La tarea es asegurarnos de que esa infraestructura no sea un subproducto comercial reservado a pocos, sino un bien común que llegue al barrio. Porque el verdadero legado de un Mundial no se mide en la final, sino en lo que el lugar le sigue dando a la gente diez años después.



 
 
 

Comments


© 2025 by Martin Inthamoussu. All Rights reserved.

bottom of page